01/02/10

Fiesta de promoción

El vestido tiene que ser perfecto. Lucir radiante, ser un resaltador, no por chillón, sino de encantamiento. Los zapatos de tacón, cuanto más alto, mejor. Mi fiesta de promoción fue en un chifa, con un acompañante casi desconocido, con el vestido más barato que conseguí (que usé en otras dos fiestas de promoción por esos días). Más por presión amical que por el entusiasmo de escuchar recitar mi nombre con todo lo que me proponía al terminar (¡por fin!) el colegio, asistí a esa aburrida reunión.

Terminada mi secundaria, nunca más fui a una hasta diciembre del año pasado. Huancavelica es uno de las provincias más pobres de nuestro país, algunas zonas resultaron afectadas tras el terremoto del 15 de agosto, es el caso de San Juan de Castrovirreyna, donde cuatro señoritas terminaron la escuela y lucieron su mejor sonrisa ante los ojos de todo el pueblo. Entre 100 y 200 personas expectantes ante la aparición de las “promocionantes”, como decía el maestro de ceremonias.

Los globos rosáceos como un altar, no para un santo, sino para que cada pareja sintiera lo más cercano a la adoración. Se pronunciaban sus nombres, seguido de una serie de anhelos, la profesión, la comida favorita, la cualidad… Daban vuelta al patio, con el fondo de un cuete haciéndole una breve competencia a las estrellas, luego subían a su estrado, donde la serie de formalismos continuaban.

Ángela, quien lleva trabajando en esa zona durante buen tiempo, me cuenta que este es el acontecimiento, las "promocionantes" (casi siempre son mujeres) incluso traen a sus parejas de Chincha o Lima, les pagan el pasaje y les alquilan el terno. Ella es madrina de una de las chicas, a la que obsequió el vestido y por el cual se pasaron un día en Gamarra buscando el adecuado.

¡Para que más detalles, veánlo!

10/12/09

¡Maditos óvalos!

Como mal peatón, he cruzado la pista sin esperar el semáforo en rojo (aunque intento respetarlo lo más que puedo), he parado un carro donde no es paradero (trato también, de no hacerlo), he caminado sin mirar por estar entretenida en alguna cosa (en aquellas dos ocasiones, recibí los insultos correspondientes del chofer que casi me lleva al hospital más cercano), soy un mal ejemplo, como la mayoría de los ciudadanos limeños, aunque recalco que me he vuelto más consciente de ese aspecto.

Pero no me vengan con lo óvalos, al menos estos dos que se me vienen rápidamente a la cabeza, el óvalo Higuereta y el óvalo Gutiérrez. Cruzar de un lado a otro es de cuidado, sobre todo el último, que tiene pistas más anchas y del que casi siempre aparece un vómito de carros que busca lo mismo que nosotros, ir a la otra calle, pero con cuatro llantas.

Los óvalos son una maldad para el peatón. Sin embargo, hay otros que no merecen mi queja, el de Grau, es transitable, por ejemplo. Buscando información sobre ello, me encontré con un interesante informe de El Comercio, en el que se expone mi queja, de alguna manera.

“Los óvalos no solo son un dolor de cabeza para los conductores, sino también para los peatones, pues la señalización y la semaforización en esas intersecciones se realizaron pensando solo en los conductores”, reza el informe del diario, pero éste se refiere a los óvalos Bolognesi, Dos de Mayo y Grau. No obstante, estos óvalos me parecen más transitables que el óvalo Gutiérrez.

Aunque ciertamente hay más flujo de vehículos, como expresa la alarma de El Comercio (cabe decir que es del 2006), en el óvalo Gutiérrez e Higuereta parece haberse privilegiado al conductor, no al peatón, a este peatón que tiene que poner en práctica la agilidad de las piernas a la hora de cruzar el óvalo.

09/12/09

Nuevo post, la lengua culle y mi abuelita

Este es un blog inestable, sujeto a la pereza de quien le creó, agonizante de entradas, pero vive, sobrevive con un lector o dos (algún conocido, alguien que cayó por alguna palabra clave, un enlace, en fin). Languideciendo, pero sin morir, es por ello que trataré de escribir más seguido, una vez a la semana es el firme propósito de esta Berenjena, apodo por el que me he hecho más conocida que por mi propio nombre...

Mientras tanto, les dejo a mi abuelita, ella se llama Rafaela Flor de María Oré Obando, viuda de Muñoz. ¿Por qué mi abuelita?, bueno, ella es de la sierra Liberteña, de Huamachuco y en esa zona se hablaba la lengua culle, una lengua que se ido perdiendo con los años, pero de la que quedan algunas palabras... como las que rescato de mi abuelita...



Bueno, para los que quieran conocer un poco más sobre las lenguas del Perú, les dejo un informe elaborado por Manuel Rodríguez Lastra, parte uno y parte dos.

10/07/09

Los que miran con los ojos y los con que miran con la pinga

Con la bragueta abierta, a punto de sacar el pajarraco y hundírtelo en plena calle y con luz. Esos son los que miran con la pinga. Los que achinan los ojos y te recorren el cuerpo como dibujando su fantasía, como póster de la última página de diario popular, como consuelo a la falta de o por simple placer. Los que hacen una mueca con los labios, de los que sale una obscenidad escasa de reparos.

No es que sea experta, es la frecuencia de la caminata por los ladrillos rojos -muy moda Castañeda- del Centro de Lima, que me permiten esbozar una clasificación de un grupo de hombres como: los que miran con los ojos y los que miran con la pinga.

Lujuriosos, pendejos y arrechos. Descripción sencilla para ese género de complicados deseos y sentimientos -para no caer en el feminismo- igual que el nuestro. Es que uno pasa con el jean, el polo descubriendo solo los brazos, el cabello desaliñado, y así sin pintar, ellos miran, se acercan y… una sigue de largo sin decir palabra y aparece el siguiente, como una plaga, como una molestia a unos pasos.

Están los menos, los que miran con timidez, lo que ven con cierto disimulo, quienes hacen menos show y reservan lo pecaminoso para sí, escondido, en secreto. No sé si con respeto.

Y aunque la facha (escote o minifalda) provoca un extraño efecto de "hombría", el hecho de no tener pajarraco convierte a una en el objeto de miradas (tampoco seamos cucufatos, ser objeto sexual no es malo, y esto no tiene nada que ver con la no reivindicación de la mujer, pero la calle no se tiene porque volverse la barra* de miradas pingosas).

No es un tratado y no niego que guste el piropo desbraguetado a algunas, y no juzgo gustos ni morales, es pura perspectiva, mejor aún, es el sentir que se acumuló durante unos meses al caminar apurada hacia el trabajo en el Centro de Lima.



*La Barra se trata de esos lugares en que mujeres bailan en un tubo rodeadas de varones con los ojos entornados y babeantes. Por la Colmena abundan, aunque últimamente los han ido tapeando.

07/07/09

Una señal chiquita

No acostumbro a las cosas personales y no me extenderé en el por qué de este post, es solo impulso, un quejido o un grito, solo la búsqueda de una sonrisa, sin más.