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24/8/10

Viaje a Huamachuco

Las polleras apiladas en sus cuerpos, el sol como corona y los rostros rojos de tanta chicha. Los Incas bailan antes del lento paso de la Virgen. Los Turcos no tienen corona, pero sí espada. La estatuilla se hace esperar entre sombreros de palma, los mismos que invaden casi toda la plaza. En ella, algunas representaciones han sido carcomidas por una plaga extraña, sobreviven algunos, cuya majestuosidad ha sido lograda con los años, las nuevas lucen desarregladas. Así como algunos lados de la plaza donde las pistas serán rehechas, mientras tanto: barro. Sobre ellos flamea una bicolor que no es de esta época. Conforme el día central se acerca, más pies se aglomeran, más polleras se amotinan, más movimientos como el de los venados, los osos, los emplumados y los que van en contra. De lejos el verdor del Sazón y la tristeza del Toro. Y cuando la luna vigila, el color se dispara al cielo y llueven rojos, amarillos, verdes de fuego.



Este párrafo de aparente confusión cobrará algún sentido conforme los siguientes posts sobre un viaje a la tierra de mi abuela.

14/2/10

Sí al estado LAICO

En aquella edad inocente (6 o 7 febreros) jugaba a la escuelita con algunas amiguitas, siempre fui la maestra y decidí que ahora tocaba religión. Y dije, dictadora yo (¿sería la influencia fujimorista?), ¡a rezar el Ave María!. Jazmín se quedó pensativa, sin saber como juntar las manos, casi estuve a punto de desaprobarla cuando pregunté, ¿Cómo, no sabes rezar?, ella susurró que le enseñe...

Regresé a casa con más dudas, ¿cómo no va a saber, si en cada formación del colegio nos obligan a rezar?. Presenté la interrogante a mi madre y rió al contarle la historia de Jazmín, "ellos nos creen en la virgen María, ellos son evangelistas", señaló.

Entonces no entendí porque se dictaba un curso de religión, no entendí que nos hagan rezar en las formaciones, no entendí porque siempre había un crucifijo en el salón, pero entendí porque Jazmín no sabía el Ave María. Ella aún no entraba en el colegio.

Esta historia me hace reflexionar a partir de la reciente encuesta de Ipsos Apoyo a escala nacional, nada menos que el 57% apoya la propuesta de conformar un estado laico que no dé privilegios a ninguna religión (¡agarra esa flor, Cipriani!).

Foto de Reportaje al Perú

13/2/10

Libertad

Negada al nacer. Ellos barajan el eterno yugo que nos identifica, el recuerdo de un muerto, el famoso jugador, la actriz de novela, el protagonista de una parábola, el nombre de mamá... mil razones que cargamos tras la inocente firma de una partida de la que no somos conscientes.

Mi nombre es Libertad, no es una metáfora a mi vida, ni una alusión a mi máximo deseo, es lo que han destinado mis padres sobre mí. ¿Eso implicaba las risillas de los compañeros de clases? ¿La sonrisa del profesor al pronunciarlo? ¿La sorpresa del médico al examinarme? ¿Mi cabeza buscando refugio después de escuchar las tres sílabas que marcan mi ser?

A veces el nombre deriva en un apodo, otras es un aspecto físico, a partir de una anécdota, la imaginación fluye en cualquier dirección. ¿Por qué Libertad?, me decía desde pequeña, más reclamo que pregunta, pero con los años, el por qué adquiere nuevos significados. Pero no hallé respuesta, no en ellos.

En mis primeros años solo buscaba esconderlo (¡qué paradoja, esconder la Libertad!), luego busqué las razones:

1. ¿Será por la admiración a la actriz de novela mexicana?

2. ¿Será el amor al departamento norteño en el que mamá estudió primaria?

3. ¿Será que la vertiente estrellada caló en mis padres al límite de honrar en mí las palabras de Haya de la Torre?

4. ¿Será que, desengañados por el aprismo, prefieran que lleve el nombre del Movimiento que fundó Vargas Llosa y otros sabiondos?

5. ¿Será que querían darme lo que a ellos les faltó, pero que al final también me lo arrebatan con disimulo (o sin él)?







Me gusta mi nombre. Me gustaría aún más poder elegir (yo no escogí Libertad, yo quiero mi libertad)

25/8/08

Antes de llegar a la avenida Tacna (Tráfico)

Mi brazo cruza por otros dos antes de obtener un espacio en el pasamano. Abrazaditos. No nos hemos cruzado palabra, no nos hemos saludado ni dicho permiso, pero hoy, ahora, somos un grupo unido, nuestros cuerpos se entremezclan y que ya no sé de quién es esta mano de uñas negras y la otra con manicure francesa. Un murmullo de moneditas acompaña la cucucumbia. “¡Pasaje, pasaje!”. Y estamos estancados desde hace 10 minutos en el mismo paradero, si hemos avanzado ni se ha notado y nuestros cuerpos se han amalgamado, somos una masa tan compacta que nos hemos fusionado con los asientos, maletines y carteras, bolsos y casacas. “Aproveche, aproveche en bajar”. A las justas a unas cuadras de mi paradero (y que casi no acepta china el cobrador) y vamos ya 15 minutos y seguimos en el carril derecho (el que demora más). “Tacna, Tacna, todo Tacna”.

La congestión, así como cuando uno está agripado y la mucosidad se acumula y que el papel higiénico y que el pañuelo, así se ven nuestras pistas, agripadas, a punto de sacarlo todo con cada cambio de luz. Desde el otro lado se ve distinto, entre pastito castigado en las esquinas (ya que su territorio es más tierra que área verde) desde ese lado de la acerca, desde donde está la ciclo vía (aunque por la rehabilitación de pistas ha espantado a los ciclistas), desde donde una camina como escoltada, cobijada por los árboles (varios serruchados de sus raíces, abolidos en nombre de la nueva obra). Desde este lado se ven las ruedas como pegadas a la brea, porque desde hace diez minutos que camino por esta acera y ni un carro se ha movido. Ni un poquito. Y desde hace quince que se ven los buses transportando una masa donde no puedo identificar de donde sale cada brazo para aferrarse al pasamano. Ellos son todos un gran pasajero. Yo camino y me he ahorrado una china en las diez primeras cuadras de la Arequipa antes de cambiar de nombre por "Tacna, Tacna, todo Tacna".


25/12/07

El otro dueño del volante: taxista


- De aquí a la derecha
Las dos manos se posaron en el timón y la maniobra se convirtió en un paisaje nuevo.
- Déjeme pasando el árbol seco.
Las palabras diseñaron el próximo movimiento. Contó las monedas una a una. Asintió con la cabeza. Y suavemente se dibujaron unas palabras en sus labios:
- Feliz Navidad, señorita
El tono pesado de su voz contrastaba con la sonrisa sin dos dientes que miraba fijamente mis ojos antes de bajar. La calle me recibía con su monotonía de hace veinte años. Pronuncié:
- Feliz Navidad, señor Vicente. Como figuraba en un sticker en la parte superior derecha de la luna frontal de su carro (económico y pequeño, que se debate entre aquellos que dudan entre la inseguridad de viajar en él o confiar en los movimientos advenedizos que solo un Tico puede hacer).
Seis soles han recorrido la vía expresa, los seis soles que guarecían en mi bolsillo izquierdo esperando ser acariciados por otras manos continuamente, continuamente.

***

La familia iba rumbo a casa en un viejo Volkwagen amarillo, el chofer tenía pliegues en el rostro mostrando sus años y su extrema delgadez. El diente plateado brillaba cada vez que la palabra “Fujimori” endulzaba su discurso, con la frente en alto recordaba a quien fue “el salvador” del terrorismo. Escuchábamos e insistíamos en otros planteamientos para no creer en el Chino. Los pliegues se acentuaban. Su fe en el Chino era un escudo infranqueable ante nuevos argumentos, era como intentar cambiarle de religión. “Robó, pero hizo cosas, todos roban, pero él hizo algo”. El taxista puede convertirse en un analista político o en una fuente segura de opinión. Su voz ha sido escuchada al abrirse la puerta con un nuevo pasajero. Ha sido olvidada al cerrarse. O ha conseguido un nuevo adepto. “Alan es un ladrón, se dio la gran vida en Europa…”.

***

La cerveza había descontrolado nuestros afanes guardados desde hacía un mes. Salieron a la luz de la manera más natural, así como un sol ilumina la cuidad, así nuestras pasiones se habían desbordado, igual como la espuma rebalsaba el vaso. Paramos un Station Wagon. Habíamos descubierto el perfecto rincón para nuestro rebalsamiento irracional. Y mientras una mano se deslizaba por debajo del polo verde, las uñas rasgaban la espalda del adolescente compañero de amor. Unos ojos indiscretos se colaban a mi manera de olvidar los consejos de mamá: no dejes que te toquen, los hombres a veces solo quieren otra cosa, antes de casarte no pienses en sexo, dedícate a los estudios en vez de al enamorado, cuídate de los chicos, ¡qué es eso de choque y fuga!.
- ¿Es por aquí?
- Sí, sí, sí, siiiii… pronunciaba sin que mis labios se despegaran de los de mi amigo.
- ¿Doblo a la derecha?
- ¡Oh!, a la izquierda maestro, a la izquierda…
A veces un taxista sabe cuando callar y solo sortear escuetas preguntas necesarias.

***

Las lecciones de vida se cruzan por los ojos y oídos, a veces se quedan como imágenes o se graban como música. Las lecciones no siempre se encuentran en un libro o en la iglesia. Se acerca un niño, como tantos otros, a la luna por la que sobresale el brazo cobrizo del joven taxista. Quebró el ruido, propio del Centro de Lima, para preguntarle su nombre: ¿Cómo te llamas, muchacho? En un cambio de patrón de palabras aprendidas, el niño de ojos color manzanilla respondió: Pepe. Interrumpió y olvidó su perorata diaria, apenas alcanzó a expresar que una fruna podemos comprar, pero sus ojos tristes obtuvieron un brillito de estrella (como las verdaderas estrellas se esconden de nuestro cielo, estos destellos también se esconden de los rostros de los niños, sin embargo, las estrellas existen y son más difíciles de ver en los ojillos acostumbrados a vivir bajo cielo limeño). En un consejo de viejo conocedor de las verdaderas campañas de marketing, explicó el taxista: Sonríe, no pongas cara de lástima para que te compren, yo cuando vendía caramelos hacía reír a la gente y me compraban, ¡uy! Si vieras como rayaba… sonríe, no causes lástima niño. El semáforo cumplía su función de pasar de rojo a verde. Un cambio y arranca.

***

Era una lata grisácea. Previa rebaja, son solo cinco soles los que cruzarán la avenida para llegar a mi destino. Al enfrascarme en aquella lata con ruedas, no era solo apartarme de la serenidad de la calle a esas horas de la noche, era respirar otro aire. La Parada, aquel mercado que fue la receta diaria de Humareda en sus pinturas, sofocaba el auto, era el mismo aire que fulmina el olfato más sensible. Sobreviví los quince minutos que duró el viaje en medio de un silencio en el que absorbí la inspiración de Humareda y un perfume barato de varón. El silencio se abandonó al pronunciar: en esta esquina me deja… Con el rostro algo apenado, recibió el billete en el que lucía Quiñones. Conté el vuelto y dije gracias.

***

Había acabado la comisión y esperábamos el taxi contratado por la universidad, teníamos los equipos en nuestras mochilas y con los ojos abiertísimos intentábamos ubicar algún carro negro. Samuel y yo nos preocupamos cuando ya habían pasado algo más de diez minutos y no veíamos el carro… empezamos a recorrer los alrededores y solo atraíamos bocinazos que nos pedían ser los afortunados que nos lleven. Nos llamaron a avisarnos que el auto ya estaba en la puerta desde hace ya rato. Dimos un vistazo más con cierta duda. Una señora de cabello cano volteaba una página de un diario, fijamos nuestros ojos en aquella dama y en el carro en que ella estaba. Nos acercamos con pasos dubitativos, preguntamos si era la empresa que buscábamos. Con una sonrisa, la dama respondió: sí, suban, hace rato he estado esperándolos.
Nos ubicamos en el asiento trasero con las miradas desencajadas. No esperábamos una taxista. Era devastador sentir que habíamos obviado de nuestra búsqueda aquel carro en el que la chofer estaba ojeando su diario. Siguió su camino sin preguntas. Solo nosotros hablábamos sobre las fotos que tomamos en aquella, mi primera comisión.

***

- Ha salido muy tarde usted. Expresó el taxista con suspicacia, como quien hace un ampay al hallar a la chiquilla con su pareja.
En un ataque por demostrar que mi vida no era solo besitos, empecé a contar algunos de mis logros académicos, eso que suele agradar a los adultos que piensan en una juventud perdida, que piensan en una generación de perreo desinteresada en nuestra realidad. No quería una felicitación o una frase que me impulsara a seguir, solo era restregarle en la cara que no todo tiempo pasado fue mejor, es solo distinto.

***

Ésta mañana tomé un taxi. 25 de diciembre. El caballero, que me cobró tres soles para ir a una feria, resultó ser un galán al paso y confiaba plenamente en sus dotes de seductor.
- ¿Cómo te llamas?
- Berenjena
- Yo me llamo Carlos, mucho gusto…
Intenté derivar la conversación al vacío, cuando luego de unos instantes:
- Feliz navidad. Tomó mi mano pálida y pensé en estrechar las manos como un saludo afable. Su mano llevó la mía a sus labios, dio un beso sonoro. Entonces me arrepentí de haberme sentado en el asiento delantero.
- Felices fiestas… también
- ¿Te volveré a ver? Solo alcancé a hacer un sonido gutural
- ¿Por dónde vives?
- Ah… por el Centro de Lima. Como una bendición, timbró mi celular.
En pocos minutos llegué al punto acordado, pagué exacto y caminé hacia la feria.

***

Otros recuerdos se suceden en mi mente con melancolía, otro año más que se nos pasa en un abrir y cerrar de puertas. Y recuerdo las sabias letras de Lavoe: Oiga mire taxi, coja su dinero y guárdese el cambio, ya estamos llegando, esta es la tristeza, ésta es mi agonía, adiós y buena suerte… si alguien le pregunta cuál fue mi destino, no le diga a nadie que tomé el camino de los que no quieren que los vean llorando por causa de un amor. El encargado de nuestros próximos destinos -especialmente cuándo estamos apurados, sino, a chapar bus nomás-. La música en cada cuatro ruedas es otra historia. Las formas de manejar otra. El semáforo, la pista, el transeúnte (que no conoce de la luz roja), tantos detalles olvidados, tantas puertas aún sin abrir. Innumerables historias empiezan al estirar la mano y parar un nuevo taxi, historias que acaban al cerrar la puerta y agradecer llegar a tiempo y con vida (en Lima, nunca se sabe).

2/9/07

En cuatro ruedas, un amor

Todos los días se trasladan miles de personas en microbús, éste es un retazo...

Era invierno, pero era como estar en un sauna. Una mano aprovecha el frenazo inesperado en tocar la parte baja de un uniforme gris, se apodera del glúteo juvenil de una infortunada estudiante del colegio San Fermín. Un letrero que indica paradero prohibido es desapercibido por el chofer, que aprieta el freno a fondo en una maniobra que solo sus años le han permitido controlar y librar su rostro de una de una página policial. Al ritmo de Pimpinela “... y te crees valiente”, se oye un conglomerado de voces que insultan al “animal”, “idiota”, “inescrupuloso” hombre que maneja el timón; el cobrador ha ahorrado su discurso de calles, sus probables 14 inviernos se han acostumbrado a las quejas y prefiere no meterse en el lío diario de papá, a la vez que exhibe su camisa púrpura, como flameante bandera, por toda la vía expresa Grau.

Sastres y uniformes se condensan en una masa febril, pugnan por llegar al trabajo o centro estudiantil, la comodidad se deja en casa mientras las lunas se empañan y un niño en brazos escribe su nombre con el dedo. Las agujas del reloj no dejan de avanzar cuando la escolar pregunta qué hora es a un sujeto, antes de que sus párpados se rindan al sueño, y éste pronuncia suavemente: Un cuarto pa’ las ocho. La 90 se ha estancado en el semáforo que divide la avenida con Paseo Colón y una retahíla de comerciantes se apodera de la pista, otros, en tanto, tocan la zampoña, el charango y el tambor en el carro de al lado, no tan lleno, que espera ansioso el cambio de luz. Un tropel se abre paso hasta la meta cuando un Condorito les recuerda que paguen con sencillo, tintinean las monedas en la mano ennegrecida del cobrador, que de colegial conserva los pantalones grises y los zapatos sin betún.

La mano que deslizaba sus dedos por cuerpo ajeno, ahora sostiene la baranda y pega su cuerpo a cualquier dama, su piel canela no discrimina y se apura en llegar a la puerta, chilla ¡Bajan!, pero el chofer no le atiende, solo mira su espejo ojo de pez, en el que el número 90 se agranda con mayor rapidez. Verde. Cambio de velocidad, arranca, empezó en “gana-gana”. El hombre de la mano traviesa ha caído en medio de la pista y su rencor lo expresa con un carajo entre los dientes, lo último que distingue al ver correr “ese” vehículo, es a la estudiante que le saca la lengua, como un fulminante ¡bien hecho pendejo!. Casi llegando a Bolognesi, la escolar consigue un espacio para sentarse y dar una repasada antes de dar el examen, pero el dibujo de un falo de tinta indeleble sobre el blanco tapiz del asiento que la precede, le impide concentrarse, recuerda la clase de educación sexual de su colegio tan parroquial.

Gringa desde la altura de su oreja hacia sus puntas descuidas, el cabello de la que pasa el papelito con los números 5-6-4, resalta en ella, porque está toda de negro. La “datera”. Un lapso de tiempo para ella, sube al transporte, y toca la pelada, la nariz de tucán, y el tatuaje en la mano del responsable del timón, le da un beso, casi en la oreja, para murmurarle: guapo, nos vemos el domingo en ese hotel. Ríe como loca y se zambulle a la piscina de la calle. La otra 90 ya le pasó y no vale la pena seguir yendo a gran velocidad. El carro ya no corre, trota. “Al fondo hay sitio” y también un bebé que llora y que hace imposible pensar que tales gritos pertenezcan a ser tan pequeñito. Abre la blusa celeste y saca el seno del sostén, ¿quiere teta el bebé?, la madre quinceañera da lechita fresca al nene. La escolar vuelve la mirada a sus apuntes y resalta el importante uso del condón, para no ser como aquella madre adolescente, hay que tener una carrera.

Inclina la gorrita a la derecha, el hijo del chofer ruge ¡Todo Brasil! ¡China toda la Brasil!... suben dos más. Es hora de cobrar, reparte pasajes a todo aquel que da su sol, en esta ocasión, no tiene medio ni escolar. Caen los cincuenta céntimos por descuido de ella, agachados los dos, se miran, sonríe la estudiante, sonríe el cobrador (le da boleto Adulto). De pronto “¡Bajan esquina!”, la madre adolescente va al Hospital del Niño y presurosa baja de la 90, el nene ya no llora. 8:15 am, la escolar llegará tarde, una vez más. Sube una pareja que cruza los 30, el cobrador les indica que avancen al fondo, porque ahí hay asiento, que avancen, por favor... de milagro no se ofuscan, y “avanzan al fondo”, no hay mejor lugar que los últimos asientos para brindarse caricias y besos, de un amor que nació ayer.

Para aquel que no desayunó, un desfile de galletas, dos por cincuenta, cuatro por un sol, “mira padre, madre, ayúdame que Dios te lo va agradecer”. Y si no quieres comer, la piedad te vendrá bien, los tajos en los brazos, el rostro maltratado, “acabo de salir de prisión, no soy de aquí, soy del norte, ya no quiero robar más, apóyame para regresarme, no tengo ahora para una bolsa de caramelos, no lo hagas por mí, hazlo por mis hijos que me esperan”. Caramelo de menta para tu garganta, cura asma, cura bronquios, ¿sí o no, doctor ambulante?. “Ya llegó, ya llegó, la alegría de tu vida, oiga caballero ¿no escuchó?”, unos chistes malos de la mujer que se arregla y el hombre no, saca el sombrerito arco iris y pide un sencillito por haberte arrancado una sonrisa. Ya no quedan moneditas en la billetera Puca de la escolar, ya se acerca a su paradero final, ¡ojalá y la dejen entrar al cole!, saca un lapicero y apunta algo tembloroso, justo un bache en el número 3, que sale muy deforme.
Angamos se anuncia en un letrerito blanco que viaja en la mano derecha del cobrador. Tímida, toca el hombro púrpura del, ahora, entusiasta jalador. Vuelve él la vista hacia la tez rosada de la niña de uniforme a cuadros azules, ella se decide a mover los labios y comunicar, casi con pesar, que baja en la otra esquina. El cobrador quisiera estar peinado, bañado, en fin, bien arreglado, para invitarla a salir, pero su voz solo puede producir una palabra: ¡Paradero! ¡Paradero!. “Somos novios / mantenemos un cariño limpio y puro / Como todos / procuramos el momento más oscuro / para hablarnos...”. Ella rebusca en su bolsillo, baja el primer escalón, el segundo, pero antes de pisar vereda, da un pasaje arrugado al hombre púrpura. Un perrito se queda moviendo la cabeza, como mirando la reacción, la mueve desde encima del mueble donde se apoya el timón. Desdobla el papelito, pero antes mira el Señor de la Misericordia -en sticker- en la ventana de la puerta, ve la letra azul: Susana, 456 8473. Un aire fresco le acarició la piel.

Escultura en metal: La combi asesina
de M iguel Ángel Velit