
Esto no es Pisco, es Lima.
Hace poco vimos a un Pisco que aún vive entre escombros, con carpas o chozas a medio hacer. Mientras remover los escombros se hace a paso lento en el sur, en Lima, destrozar veredas y pistas es una tarea de pasos acelerados, casi como en competencia de atletismo.
Caminar por aquel Jirón de la Unión -entre zapatos, vestidos, comida, muñecos y estampitas- puede ser un paseo de familia o entre amigos o solo. Luego darse un descansito en las banquitas de la Plaza -aunque casi todas están llenas- puede ser un respiro y seguir luego rodeando esa Lima de ayer, de ayer es solo un decir, el Centro sigue convocando multitudes.
Seguir la ruta Jirón y ver el Palais Concert con nostalgia por la frase de Valdelomar (o con nostalgia por lo que ahí era la disco Cerebro) y encontrar banquitas mientras se espera el taxi o simplemente dar un descanso a los pies, asentar el pompis en la banquita y esperar. Ahora esperamos entre veredas destrozadas. Y aunque, ver la vereda nuevecita será más rápido que reconstrucción en Pisco, Lima ha sufrido un terremoto de tractores y no es un castigo o mandato divino, es tan terrenal como la previsión de nuestros alcaldes

